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Qué ojetes… / Por José Hermilo Amezcua Domínguez (JHAD)

Hay ocasiones en que un medio de comunicación y sus periodistas deben pensar muy bien cómo plantear de manera seria y profesional una noticia tan cruel y conmovedora como la ocurrida con la familia de Jonathan Meléndez, tecladista de Camilo Séptimo, sin querer relacionarla en un asunto político y pegarle sin sentido a un gobierno con el que no se está de acuerdo.

Una tragedia de esas dimensiones debería provocar indignación, rabia y un sinfín de dudas sobre las causas que provocaron este doloroso acontecimiento. Eso sería lo normal.

Lamentablemente hay algunos que parecen tener una opinión muy distante a la sensibilidad que el asunto requiere y buscan acomodar este penoso suceso en un proyectil fulminante contra el gobierno en turno, sin importar que lo sensible y humano quede completamente rebasado.

Es increíble que esos “algunos” no se tienten el corazón para ser empáticos con el dolor de los familiares de las víctimas y busquen, a través de sus comentarios, embarrar de hiel a todo lo que huela a gobierno.

En estos días, la moda es hacer entrevistas con supuestos expertos a quienes el conductor lleva a terrenos declarativos para culpar del terrible suceso al gobierno, a sus funcionarios y a todo lo que huela a la cuarta transformación. La idea es convertir la narrativa en que todo es culpa del poder actual.

Aquí ya no hay hipótesis serias ni investigaciones formales que demuestren que, en efecto, el sujeto agresor es un producto emanado del gobierno actual y que su acción es parte de ese sistema con el que no están de acuerdo.

Es por eso que no se vale que la desgracia de un hogar se convierta en el festín de un sinfín de buitres que buscan culpar de algo que no pueden comprobar. Y no es defender al gobierno actual, es defender la ética, la empatía y el respeto al dolor ajeno.

Detrás de cada sujeto que apunta con dolo, hay una alarmante carencia de ética que prefiere el morbo y la ganancia política antes que la decencia humana más básica.

Al final, este tipo de coberturas no buscan justicia ni les interesa que la sociedad entienda qué fue lo que falló para evitar que vuelva a pasar; lo único que ofrecen es el linchamiento mediático.

Es lamentable ver cómo el dolor de una familia pasa a segundo término con tal de cumplir con una agenda de golpeteo, demostrando que, para estos tipos, las víctimas no importan por lo que sufrieron, sino por medir maquiavélicamente qué tanto provecho le puede sacar a la desgracia para pegarle al gobierno en turno. Qué ojetes, de verdad.

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