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Salvador Sánchez Narváez: Una conversación más allá del tiempo / Por José Hermilo Amezcua Domínguez

Estamos cerca de su casa en Santiago Tianguistenco. Ha terminado de entrenar. Hoy corrió 12 kilómetros a un ritmo frenético y aun con el sudor recorriendo su ágil figura, Salvador nos regala unos instantes para hacerle esta entrevista que a continuación mostramos en Reporte 32 MX.

-Chava, han pasado más de 44 años desde aquel fatídico 12 de agosto de 1982. Si pudieras regresar al mundo por un solo día, ¿qué sería lo primero que harías?

Iría a mi pueblo a ver a mis papás y a mi familia. Los abrazaría hasta más no poder y les diría cuánto los amo.  Caminaría por sus calles, entraría a un gimnasio para escuchar de nuevo el ruido de los costales y las cuerdas.

 – ¿Volverías a subirte a un ring?

Claro que sí. El boxeo fue mi vida. Pero creo que esta vez lo haría sin la presión de tener que demostrarle nada a nadie. Solamente por sentir otra vez lo que era estar ahí.

-Llegaste a ser campeón del mundo muy joven. ¿En qué momento entendiste que ya eras esa figura?

Creo que uno nunca termina de entenderlo. Subes al ring pensando en ganar la pelea. Luego escuchas que eres campeón y todos te abrazan, pero al día siguiente tienes que volver a entrenar. El título no te hace invencible. Solamente hace que todos quieran quitarte lo que tienes.

-Qué recuerdas de la noche del 21 de agosto de 1981 en las Vegas Nevada cuando enfrentaste a Wilfredo Gómez.

Vi a un gran campeón. Un hombre que sabía pegar, que tenía experiencia y que venía convencido de que iba a ganar. Yo también estaba convencido de lo mío. Por eso fue una pelea tan grande.

-Después de vencerlo, ¿sentiste que esa era la victoria más importante de tu carrera?

Fue una victoria muy importante. Pero cada pelea te deja algo. No creo que un boxeador deba quedarse viviendo de una sola noche.

-Después apareció Azumah Nelson.

Sí. Y desde el principio se veía que era bueno. Tenía grandes condiciones. Era fuerte, tenía carácter y no se rendía. Después de una pelea así, uno sabe reconocer cuando el otro tiene algo especial y lo más satisfactorio es que pude vencerlo. Fue mi última pelea.

Salvador Sanchez tenía 23 años cuando falleció en un accidente automovilístico. Era campeón del mundo del CMB en peso pluma. Realizó 46 peleas profesionales, ganó 44, empató 1 y perdió solo una, 32 de sus victorias fueron por nocaut.

– ¿Crees que habrías sido campeón en otra división?

Eso ya nadie lo puede saber. El boxeo no se pelea en los sueños. Se pelea arriba del ring.

-Mientras tú conquistabas la gloria, en paralelo aparecía la figura de un joven con mucha calidad que en algunos años después se convertiría en un gran campeón del mundo: Julio César Chávez.

 Sí, lo sé. A Julio César Chávez lo habría enfrentado. Era muy bueno. Los dos hubiéramos coincidido en la misma división y en el mismo momento. Esa pelea habría sido muy buena. Si piensas preguntarme quién habría ganado, no te voy a contestar porque las peleas se ganan en el ring, no en una entrevista.

-Chava, tenías 23 años, eras campeón mundial, invicto en las grandes noches y de pronto todo se acabó. ¿No te parece una historia demasiado corta?

Los ojos de Salvador se le llenan de lágrimas. Su mirada quisiera tener la fuerza de regresar el tiempo y volver a comenzar. Entonces, respira y contesta:

Corta, sí. Pero no vacía. En el boxeo uno no sabe cuántas peleas tiene por delante. Sólo se sabe que hay que aprovechar la siguiente.

-Ganaste al africano Azumah, después ocurrió lo inimaginable: un accidente y tu muerte, el 12 de agosto de 1982. ¿Hasta dónde habrías llegado? ¿qué te hubiera gustado conseguir que no alcanzaste?

Eso ya pertenece a la imaginación, no puedo decirte que hubiera pasado. Lo único que quisiera haber tenido era más tiempo. Tiempo para vivir más, tiempo para tener más campeonatos y más tiempo para estar con mis seres queridos. Y lo más importante, nunca habría manejado ese auto deportivo a una velocidad tan grande. Debí ser más responsable.

Salvador, si pudieras volver por un solo minuto, sabiendo que te fuiste a los 23 años y que nunca sabremos hasta dónde habrías llegado, ¿qué le dirías al mundo?

No me pregunten cuántas peleas me faltaron. Pregúntenme qué hice con las que alcancé a pelear. Porque al final, la vida no se mide por los años que dura sino por las veces que obligaste al mundo a recordarte.

¿Cómo quieres que te recuerden?

No como el boxeador que murió joven sino como el boxeador que, mientras estuvo vivo, nunca le tuvo miedo a los mejores y siempre quiso ser el mejor. Además, como  un ser humano que nunca hizo daño a nadie y que vivió para servir al prójimo.

Termina la entrevista. Salvador se levanta, camina hacia el infinito. Hoy no hubo aplausos ni cámaras, no hay campanas anunciando otro round más. Sólo queda el silencio.

Lo miro alejarse y pienso en aquel muchacho de 23 años que se fue demasiado pronto, cuando todavía le quedaban tantas peleas, tantos rivales y tantas historias por escribir.

Se va, pero hay algo que el tiempo no pudo quitarle porque la vida le negó los años, pero el boxeo le regaló la eternidad.

 Y mientras alguien vuelva a ver videos de sus peleas, Salvador Sánchez Narváez seguirá vivo en la conciencia deportiva de los amantes del box.

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