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Andy, inmunidad por decreto / Por José Hermilo Amezcua Domínguez

Pese a todos los escándalos en los que ha estado inmerso actualmente Andrés Manuel López Beltrán, muy poco o nada trascendente ocurrirá con su vida y su “bondadosa” carrera política.

En un futuro próximo lo veremos asumir una diputación y la vida continuará su camino, sin que este personaje sufra algún desaguisado que lo prive de su libertad o cambie su historia.

Como es conocido por la opinión pública, el Departamento de Estado de EE. UU. le revocó la visa basándose —supuestamente— en informes de inteligencia criminal que lo colocan en el radar de ese país, pero no en el nuestro.

Ante la acción norteamericana, el famoso Andy envió una carta a Donald Trump para acusar una persecución política impulsada por funcionarios como el secretario de Estado, Marco Rubio, y el exembajador de Estados Unidos en México, Christopher Landau.

Bajo ese escenario, los bandos opuestos al régimen en nuestro país se llenaron de material para despedazar al hijo del expresidente López Obrador, pidiendo el peor de los castigos y mostrando al mundo que la llamada cuarta transformación es un nido de corruptos.

Por su parte, los militantes, políticos y medios afines al gobierno han cerrado filas y lo defienden a capa y espada, señalando que el veto migratorio es un ataque imperialista a la soberanía nacional.

En esa discusión de polos opuestos hay un factor que topa de frente con los defensores de Andy y que, difícilmente, analizarán con el rigor que se requiere: existen bastantes evidencias de que la ética no es precisamente el fuerte del junior.

El discurso de austeridad del gobierno actual choca con los hechos documentados sobre este personaje de Morena. Aunque se asume que él no es millonario, su entorno cercano sí lo es; y lo es justamente desde que su papá llegó al poder, manteniendo hasta la fecha jugosos contratos con la administración actual.

Es conocido su viaje a Tokio en compañía de uno de sus mejores amigos, donde compró en tiendas de alto prestigio argumentando cansancio por sus agotadoras jornadas de trabajo. Mientras sus críticos ven en ese tipo de acciones un acto de abierta hipocresía, los fanáticos salen en su defensa repitiendo como dogma que el “pobrecito muchacho” vive de la venta de sus chocolates y sus tiendas de vino, catalogando cualquier sospecha como una infamia de la derecha.

Pese a todo, en México y en lo judicial, Andy nunca será culpable. Lamentablemente, el sistema mexicano está diseñado exclusivamente para que el poder limpie sus propias huellas.

La Fiscalía General de la República publicó de inmediato un comunicado para aclarar que no tiene una sola investigación abierta en su contra por huachicol fiscal o tráfico de influencias, confirmando que, si la autoridad decide no activar auditorías financieras, el delito simplemente no existe.

Para fortuna del junior y de la mayoría de los políticos morenistas, ese control garantiza una inmunidad perpetua dentro del territorio nacional.

Andy López Beltrán opera bajo una dualidad común en el poder. Sabemos que ante la ley mexicana nunca será culpable, cobijado por un aparato del Estado que le cuida las espaldas y una base social que justifica sus privilegios con fe ciega.

Esta terrible estructura de privilegios disfrazada de transformación no ha desaparecido, solo cambió de dueños. Con esto, la inmunidad de Andy seguirá siendo respaldada por decreto.

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