
La visita de John Ratcliffe a Moscú, el 25 de agosto, desató una verdadera fiebre informativa mundial. Los grandes periódicos del planeta abrieron espacios, publicaron análisis y columnas de opinión y buscaron durante horas una explicación para una visita tan inusual como hermética. En Washington y Moscú, cada pregunta sobre lo ocurrido detrás de las puertas del Kremlin tropezaba con evasivas. Se habló de Ucrania, de Irán, de negociaciones secretas y de posibles acuerdos. Nadie sabía con certeza qué había ido a hacer el director de la CIA a Rusia. El mundo esperaba una señal.
La señal llegó al día siguiente, pero casi nadie la miró. Putin sí dio una declaración pública y condenó los ataques israelíes en Siria. En medio de una tormenta informativa dedicada a descifrar hasta el último gesto de la visita de Ratcliffe, aquella declaración quedó relegada. Un mes después resulta bastante más difícil pasarla por alto.
Porque el mundo está empezando a soltar a Israel. No mediante una ruptura concertada ni por un repentino ataque de conciencia: país por país, acuerdo por acuerdo, voto por voto, Israel se está convirtiendo en un problema para demasiados actores al mismo tiempo. Viejos aliados toman distancia, antiguos enemigos se sientan a negociar y nuevos bloques descubren que pueden construir sus propios equilibrios sin Israel. El aislamiento ya no es una amenaza. Está ocurriendo.

Europa ofrece una medida mucho más concreta del aislamiento. Desde noviembre de 2024 pesa sobre Benjamin Netanyahu una orden de arresto de la Corte Penal Internacional. Los jueces encontraron motivos razonables y suficientes para atribuirle responsabilidad por utilizar el hambre de la población civil como método de guerra, dirigir ataques contra civiles y cometer crímenes de lesa humanidad de asesinato, persecución y otros actos inhumanos en Gaza. La Corte documentó la privación de alimentos, agua, medicamentos, combustible y electricidad y la obstaculización de la ayuda humanitaria, con consecuencias que incluyeron muertes por desnutrición y deshidratación, incluso de niños. Dos años después, una Comisión de Investigación de Naciones Unidas informa que Gaza tiene la mayor concentración de niños amputados del planeta. El colapso del sistema sanitario, en medio de las agresiones militares israelíes, ha dejado además a niños sometidos a operaciones y amputaciones sin anestesia. No son hechos aislados: forman parte de la devastación de la población civil de Gaza y del contexto en el que la justicia internacional ha perseguido responsabilidades penales individuales, incluida la de Netanyahu.
Pero Gaza no es el único territorio donde se han cometido estos abusos contra la población civil, en su mayoría mujeres y niños desarmados. Los ataques militares de Israel van mucho más allá de los territorios palestinos de Gaza y Cisjordania: Líbano, Siria, Yemen, Irán, Túnez, Malta y Jordania forman parte de un mapa de acciones militares israelíes que se ha extendido mucho más allá de sus fronteras.
Las denuncias tampoco proceden de una sola organización. Naciones Unidas, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Médicos Sin Fronteras, la Corte Penal Internacional y la Corte Internacional de Justicia han documentado, investigado o intervenido judicialmente ante ataques contra población civil y graves violaciones del derecho internacional en Gaza. Human Rights Watch habla de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, exterminio y actos de genocidio. Amnistía Internacional fue más lejos: concluyó que Israel está cometiendo genocidio contra la población palestina de Gaza. Y en 2025 la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó que las autoridades y fuerzas israelíes habían cometido actos genocidas con la intención específica de destruir, total o parcialmente, a la población palestina de Gaza.
De vuelta a Europa, Hungría fue la excepción más estridente. Viktor Orbán invitó a Netanyahu y lo recibió con honores en Budapest en abril de 2025, ignorando la orden de arresto. La Corte Penal Internacional determinó después que Hungría había incumplido sus obligaciones como Estado miembro. Orbán respondió iniciando la salida del país de la Corte. Pero en abril de 2026 perdió las elecciones frente a Péter Magyar y el cambio fue mucho más allá de un trámite institucional. Magyar anunció que detendría el retiro y, preguntado específicamente por Netanyahu, fue inequívoco: si una persona buscada por la Corte entra en el territorio de un Estado miembro, debe ser detenida. El 27 de mayo, el Parlamento húngaro aprobó mantener al país dentro de la CPI. En poco más de un año, Netanyahu pasó de ser recibido con honores en Budapest a saber que, si vuelve a pisar Hungría con una orden vigente de la Corte, el nuevo gobierno ha dicho que será detenido.

Durante décadas, Israel ha sido el rijoso de Medio Oriente y ha sabido explotar en su beneficio cada grieta disponible: diferencias religiosas entre suníes y chiíes, rivalidades territoriales, disputas comerciales y viejas enemistades políticas. Con el respaldo de Estados Unidos, convirtió la confrontación con Irán y las divisiones internas de la región en herramientas de su propia estrategia: silencios permisivos, alianzas convenientes y bloques enfrentados, mientras Irak, Siria, Líbano, Yemen y Palestina pagaban buena parte del costo. Pero ese tablero empieza a desarmarse. Arabia Saudita e Irán volvieron a sentarse a la mesa; Pakistán, potencia nuclear suní y aliado histórico de Riad, mantiene interlocución con Teherán; Qatar y Omán median, y China gana espacio como interlocutor regional. Las diferencias no desaparecieron. Lo que empieza a desaparecer es la disposición de esos países a seguir permitiendo que Israel las utilice para mantenerlos enfrentados.
Durante años, buena parte de las monarquías del Golfo mantuvo con Israel una actitud silenciosa y condescendiente: Palestina permanecía en el discurso, mientras por debajo avanzaban contactos políticos, comerciales y de seguridad y crecía la convergencia contra Irán. Los Acuerdos de Abraham terminaron por hacer visible parte de ese acercamiento. Pero el tablero cambió. El 22 de julio de 2026, Estados Unidos y Arabia Saudita firmaron un acuerdo de cooperación nuclear civil. Un día después, Trump agregó una condición que no estaba en el documento firmado: Riad tendría que normalizar relaciones con Israel e incorporarse a los Acuerdos de Abraham; de lo contrario, el acuerdo no avanzaría. Arabia Saudita no cedió y el acuerdo firmado no ha entrado en vigor. Riad mantiene que no habrá normalización con Israel sin una vía irreversible hacia la creación de un Estado palestino independiente dentro de las fronteras de 1967 y con Jerusalén Este como capital. Ni siquiera la cooperación nuclear con Estados Unidos consiguió sacar a Palestina de la mesa: cuando Washington intentó convertir a Israel en condición del acuerdo, los saudíes prefirieron dejarlo detenido.
Estados Unidos e Israel parecen haber encontrado el socio perfecto el uno en el otro. No se trata ya de una relación entre protector y protegido, sino de una asociación que se alimenta en ambos sentidos: dinero, influencia política, intereses militares, negocios, grupos de presión y una política exterior cada vez más agresiva han terminado por confundir los intereses de uno con los del otro. Israel profundiza algunos de los peores vicios del poder estadounidense y Washington ofrece a Israel la protección política, diplomática y militar necesaria para llevar los suyos mucho más lejos. El resultado es una simbiosis que también comparte sus costos: pocas sociedades internacionales cargan hoy con un rechazo tan extendido como Estados Unidos e Israel. En esa competencia por la impopularidad mundial cuesta trabajo saber a cuál de los dos apostarle.
En Estados Unidos, la relación con Israel lleva décadas metida en los intestinos de la política interior y exterior: poderosos lobistas proisraelíes en Washington, millones de dólares vertidos en las campañas de los candidatos que convienen y otros tantos destinados a derrotar a quienes se apartan de la línea. AIPAC y su enorme maquinaria electoral son apenas la parte más visible: para agosto de 2026, su super PAC acumulaba 53.6 millones de dólares en gasto independiente durante el actual ciclo electoral, el mayor desembolso de cualquier grupo externo. A ese paisaje de dinero, poder e influencia se suman los archivos Epstein y, más recientemente, el asesinato de Charlie Kirk, después de sus fricciones con sectores proisraelíes, seguido por una declaración tan insólita como sospechosa de Benjamin Netanyahu: Israel no lo mató. Pero esa historia estadounidense está largamente documentada y no es la que nos ocupa aquí. Lo que interesa es seguir el camino por el que esa influencia baja hacia el sur: Washington, Miami, América Latina.

América Latina, mansa y tardía.
Y entonces aparece un personaje: un minúsculo Maquiavelo patagónico, Fernando Cerimedo, consultor argentino, mercenario digital, fabricante de campañas sucias, granjas de bots y desinformación, hoy preso preventivamente en Bolivia como presunto orquestador de un ataque de sicarios para asesinar a su expareja embarazada. Lo extraordinario es que un personaje tan diminuto haya terminado por descubrir una trama enorme. Al jalar el hilo de Cerimedo aparecen algoritmos, herramientas políticas y toneladas de dinero provenientes de Estados Unidos e Israel.
Una de las estaciones donde esa madeja se vuelve visible es Latino Wall Street, fundada por la peruana Gabriela Berrospi y el puertorriqueño Tony Delgado, junto con el mexicano Alan Burak, hoy condenado por un fraude millonario de inversiones. Alrededor de ese circuito empiezan a repetirse los nombres: Ricardo Salinas Pliego y TV Azteca; Eduardo Verástegui; Javier Negre y su entramado de medios con Cerimedo; socios de Antonio Solá, viejo conocido de México por la campaña de Felipe Calderón y el “López Obrador es un peligro para México”; gente ligada a Javier Milei y Flávio Bolsonaro, hoy contendiente frente a Lula. Empresarios, consultores, propagandistas, medios, políticos y muchísimo dinero que convergen alrededor de la nueva derecha latinoamericana. Y aparece también Brad Parscale, responsable de la estrategia digital de la primera campaña presidencial de Donald Trump, a quien Cerimedo agradeció públicamente haber confiado en él y haber puesto en sus manos su tecnología y sus algoritmos electorales. La conexión ya no es solamente ideológica: también comparte herramientas, operadores, dinero y métodos.
En 2023 Javier Milei ganó la presidencia de Argentina y el alineamiento con Israel fue inmediato. En febrero de 2024 eligió Israel para su primer viaje bilateral como presidente y anunció el traslado de la embajada argentina a Jerusalén Occidental. Desde entonces ha visitado Israel tres veces, modificó la posición argentina en organismos internacionales para alinearla con Tel Aviv y profundizó la cooperación en defensa, seguridad, agricultura, agroindustria, gestión del agua, ciberseguridad, inteligencia artificial y biotecnología. En junio de 2025 firmó con Netanyahu un memorándum para ampliar la cooperación en defensa y seguridad y, en abril de 2026, ambos lanzaron los Acuerdos de Isaac, un proyecto concebido por el propio Milei para extender hacia otros países de América Latina la alianza política, económica, tecnológica y diplomática con Israel. Argentina dejó de ser solamente un aliado: Milei decidió convertirla en plataforma regional de los intereses israelíes.

Mientras Milei abre las puertas de Argentina a la cooperación económica, tecnológica, agroindustrial y de seguridad con Israel, los números dentro de su país cuentan una historia bastante menos luminosa. El gobierno presume como uno de sus grandes logros haber reducido la inflación, y ciertamente la redujo, pero en agosto todavía se ubicó en 33.5% interanual: muy lejos de una economía con estabilidad de precios. Mientras tanto, el PIB cayó 0.6% en el segundo trimestre respecto del primero y la actividad económica se desplomó 2.9% sólo en julio; el desempleo alcanzó 7.9%, la pobreza volvió a subir hasta 32.3% y la industria manufacturera cayó 5%. El ajuste, la reducción de subsidios y el desmantelamiento de buena parte de la vieja red de protección social completan el paisaje.
Y queda todavía pendiente el expediente $LIBRA, la criptomoneda que Milei promocionó en febrero de 2025 y que se desplomó pocas horas después. La causa penal sigue abierta y tiene bajo investigación al propio presidente, a Karina Milei y a personajes de su entorno como Mauricio Novelli, además de Hayden Davis y Manuel Terrones Godoy, mientras la Justicia sigue el rastro del dinero que circuló alrededor de la operación. Y los nombres vuelven a encontrarse en el mismo circuito: Novelli orbitaba alrededor de Milei desde años antes del escándalo; Latino Wall Street premió al presidente argentino en su Hispanic Inaugural Ball de Washington en enero de 2025 y volvió a colocarlo como figura central de su Hispanic Prosperity Gala, celebrada en Mar-a-Lago en febrero de 2026. Otra vez, el camino conduce al mismo lugar: Miami, dinero, política y la nueva derecha latinoamericana.
Después vino Ecuador. Daniel Noboa llegó al poder en las elecciones extraordinarias de 2023, impulsó reformas constitucionales en 2024 y fue reelegido en abril de 2025. Apenas un mes después viajó a Israel, se reunió con Netanyahu y abrió en Jerusalén un Centro de Innovación, Investigación y Desarrollo con estatus diplomático. Amplió además la cooperación con Israel en seguridad, defensa, agricultura y manejo del agua. Frente a Netanyahu fue todavía más explícito: “Siempre tendrán mi apoyo”.
Después vino Bolivia. Rodrigo Paz ganó las elecciones de octubre de 2025 y apenas dos meses después restableció las relaciones diplomáticas con Israel, rotas durante los ataques sobre Gaza. El acuerdo, firmado en Washington, contempló la reapertura de embajadas, cooperación en agricultura, tecnología y comercio y la eliminación de visas para ciudadanos israelíes. Y fue precisamente en Bolivia donde terminó por reventar el escándalo Cerimedo: el consultor reconoció haber trabajado en la segunda vuelta de Paz y haber colaborado después con su gobierno, antes de terminar preso preventivamente acusado de orquestar el ataque de sicarios contra su expareja embarazada.

En Honduras, Nasry Asfura ganó las elecciones de noviembre de 2025. Antes siquiera de asumir viajó a Jerusalén, se reunió con Netanyahu y Herzog y acordó ampliar el comercio y la cooperación con Israel en agricultura y tecnología. El día de su toma de posesión, su primer acto oficial fue recibir las cartas credenciales del embajador israelí. Y ahí vuelve a aparecer Cerimedo, quien trabajó como estratega de la campaña de Asfura. Las denuncias sobre su posible intervención electoral y el uso de bots llegaron al Congreso; la investigación parlamentaria fue bloqueada políticamente, pero el asunto no terminó ahí: sus denunciantes intentan llevar el caso ante la Fiscalía para que investigue quién contrató a Cerimedo, cómo se financiaron sus servicios y qué herramientas utilizó durante la campaña.
En Chile, José Antonio Kast ganó las elecciones de diciembre de 2025 y el giro hacia Israel fue inmediato. En mayo se reunió personalmente con Isaac Herzog y anunció el regreso del embajador chileno, retirado desde 2023; un mes después nombró para el cargo a Gabriel Zaliasnik, expresidente de la Comunidad Judía de Chile. Pero no se trató solamente de recomponer relaciones diplomáticas: su gobierno abrió con Israel una agenda de cooperación en seguridad, defensa, inteligencia e intercambio de información, ciberseguridad, inteligencia artificial, economía digital, minería y tecnología aeroespacial. Incluso el nuevo embajador chileno visitó la estratégica base israelí de Palmachim para explorar cooperación espacial y tecnológica. Kast reconoció conocer a Cerimedo, aunque negó que hubiera trabajado en sus campañas; Javier Negre, socio de Cerimedo en La Derecha Diario, sí aparece relacionado con su entorno. Hoy el Congreso y la Fiscalía chilenos investigan posibles operaciones vinculadas con esa red: bots, campañas digitales contra adversarios políticos, eventual financiamiento electoral ilegal y el origen de recursos destinados a propaganda política.
En Costa Rica, Laura Fernández ganó las elecciones de febrero de 2026. Su primera reunión oficial después de asumir la presidencia fue con Isaac Herzog; anunció la apertura de una oficina comercial en Jerusalén y puso sobre la mesa la posibilidad de trasladar allí la embajada costarricense, mientras profundizaba la relación comercial con Israel. También alrededor de su campaña reaparecen personajes de la misma red: Javier Negre se reunió con Fernández y Cerimedo mantuvo contactos con Danny Quirós, uno de sus estrategas electorales.
En Perú, Keiko Fujimori ganó las elecciones de junio de 2026. El acercamiento con Israel fue inmediato: apenas electa habló con el canciller Gideon Sa’ar y acordó avanzar en seguridad, ciberdefensa, agua y agricultura. Pero también aquí vuelve a asomarse la misma madeja. Keiko niega cualquier relación con Cerimedo; sin embargo, ambos coincidieron en febrero en la Hispanic Prosperity Gala de Latino Wall Street en Florida, Cerimedo estuvo en Lima durante su toma de posesión y alrededor de la presidenta reaparecen Javier Negre y varios personajes relacionados con el consultor argentino. El asunto ya llegó al Congreso peruano, donde se presentó una moción para investigar la posible intervención de Cerimedo y sus redes en las elecciones de 2026.
Y dejamos Colombia para el final. Abelardo de la Espriella asumió la presidencia el 7 de agosto de 2026 y apenas tres días después un terremoto de magnitud 7.4 sacudió el país. La primera gran crisis de su gobierno dejó también una de las primeras imágenes de su política exterior: mientras la brigada militar mexicana de rescate y los Topos de Tlatelolco quedaban fuera del operativo por las exigencias impuestas para su ingreso, Colombia abrió las puertas a equipos de Estados Unidos, El Salvador, Ecuador e Israel. Desde Israel llegaron 82 rescatistas, ingenieros y tecnólogos encabezados por Roni Kaplan, vocero de las Fuerzas de Defensa de Israel; De la Espriella agradeció personalmente a Netanyahu el envío. Y mientras todavía se buscaban sobrevivientes entre los escombros, su gobierno ya estaba actuando a favor de Israel.

El terremoto apenas anticipaba lo que vendría. De la Espriella restableció de inmediato las relaciones diplomáticas y económicas con Israel, acordó trasladar la embajada colombiana a Jerusalén, eliminó recíprocamente el requisito de visas y reanudó las exportaciones de carbón colombiano a Israel, suspendidas durante el gobierno de Petro. Retiró además a Colombia del caso promovido por Sudáfrica contra Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia y del Grupo de La Haya. Y apenas tres días después de asumir fue todavía más lejos: reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, territorio sirio ocupado desde 1967, convirtiendo a Colombia en el segundo país del mundo, después de Estados Unidos, en hacerlo.
Pero la historia colombiana había comenzado mucho antes de que De la Espriella llegara a la Presidencia. Desde abril, Gustavo Petro venía denunciando públicamente vínculos entre el entonces candidato y los hermanos Bautista, propietarios de Thomas Greg & Sons, empresa privada involucrada desde hace años en la infraestructura electoral colombiana. Después de las elecciones apareció otro nombre: Black Cube, firma israelí de inteligencia privada a la que Petro señaló como proveedora de algoritmos y otros apoyos a los Bautista. Y aquí la descripción de “Mossad privado” deja de parecer una exageración: Black Cube fue fundada por veteranos de la inteligencia israelí y en su directorio aparecen nombres vinculados a altos cargos del propio Mossad.
En septiembre, Petro confirmó en entrevista con Inna Afinogenova que había entregado a las autoridades colombianas documentación sobre la presunta intervención de Black Cube y sus conexiones con los Bautista y Thomas Greg & Sons. La denuncia política había pasado ya al terreno judicial.
Y entonces llegó el 24 de septiembre, en la Asamblea General de la ONU. Netanyahu volvió a subir a la tribuna y volvió a encontrarse con una sala que se vaciaba. El año anterior, la prensa había contabilizado la salida de más de 100 diplomáticos pertenecientes a más de 50 países. Esta vez fueron más: uno de los recuentos publicados identificó a 77 delegaciones abandonando sus lugares mientras Netanyahu se disponía a hablar. Una estampida diplomática dejó filas enteras de butacas vacías frente al primer ministro israelí.
Netanyahu reaccionó como siempre: insultando a quienes no se pliegan ante su pretendida autoridad. “Si queda algún otro cobarde moral que todavía no haya abandonado esta sala, que lo haga ahora”.

Y se fueron.
Más de 70 delegaciones levantándose de sus asientos, dándole la espalda y dejándolo hablar frente a una sala vacía.
No era cobardía. Era desprecio.





