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Viajar ligero / Por Matías Suárez

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Bitácora del capitán. Noviembre 5, 2026.

Viajar, para muchas personas, suele ser parte de la diversión: cuando hay tiempo para vacacionar y tomar ese espacio para conocer un nuevo lugar, llegar a un hotel que incluya todo y solo dedicarse a descansar, o bien para ver a aquellos seres queridos que la distancia no nos permite ver frecuentemente.

Para otros es la forma de ganarse la vida, ya sea para quienes conducen el transporte o para aquellos que requieren desplazarse entre diferentes ciudades y países para cerrar algún trato, entregar alguna mercancía o dar un servicio. Sin duda, una gran cantidad de razones para iniciar un viaje.

Durante muchos años tuve la oportunidad de viajar y observar a los viajeros; la gran mayoría de ellos los realicé solo. En aquellos momentos en que podía tomarme un tiempo, me gustaba observar a todos esos colegas viajeros que, sin cita y más bien por casualidad, nos reuníamos en alguna estación de autobús o en la sala de espera de algún aeropuerto.

Al principio, y sobre todo en el avión, no se solían subir tantos artículos o maletas a la cabina; la mayoría utilizaba ese espacio para algún regalo o algo que deseaban proteger para asegurarse de que llegara con bien.

Poco a poco esa tendencia fue cambiando, hasta que llegó a parecer que la gente quería subir todo su equipaje al avión y evitar por completo tener que documentarlo.

La carrera por ganar espacio para el equipaje en la cabina generó molestias. En muchos casos, cuando el personal de la aeronave quería aplicar las reglas de seguridad, había quien no lo entendía, y lo que en algún momento fue un espacio para iniciar una aventura se convirtió en un lugar donde esperar algún conato de bronca que desafortunadamente se presentaba continuamente.

Todos queriendo ganar espacio y tiempo. Me imagino que es un reflejo de la presión por cumplir con los tiempos de una agenda laboral, o por disfrutar hasta el último segundo del poco tiempo de descanso, aunado a la creciente preocupación por el maltrato y la pérdida de equipaje.

En paralelo, metro, camiones, peseros y transporte colectivo corrían con la misma suerte. Cumplir con el trabajo, los estudios, la familia, las reuniones y un gran etcétera que nos incita a movernos se convierte en el inicio del estrés del día.

En la búsqueda de adaptarme a ese ritmo, empecé a optimizar mi maleta: mientras más pequeña fuera, mayor era la posibilidad de evitar documentar, logrando un abordaje y un descenso más rápidos.

Cada vez que intentaba tener un mejor acomodo de mis pertenencias, me preguntaba: «¿Y si no llevo esto? ¿Y si no llevo la ropa del “por si…”?». Me daba miedo, y aun con miedo me arriesgaba a dejar esos artículos que, según yo, me daban seguridad. Ya sabes, llevar un pantalón o una camisa adicionales en caso de alguna rotura o alguna mancha imposible de mostrar en una reunión de negocios.

En la gran mayoría de los viajes no hubo rotura ni mancha, pero si llegó a suceder, siempre encontré la manera de solucionarlo sin mayor contratiempo. Así aprendí a dejar de cargar con aquellas cosas que, según yo, me daban seguridad,pero me quitaban espacio, movilidad y, sobre todo, tranquilidad, ya que ponían en mi mente el «va a suceder algo» que normalmente se llevaba mi tiempo y energía buscando resolver un problema que no existía.

Mientras tanto, cada vez se sentía más difícil viajar: nuevas reglas de abordaje, menos espacio en la cabina, gente más molesta. Me parecía increíble cómo una maleta pequeña, con lo necesario, era el mejor escudo contra todo eso; me daba movilidad y seguridad, me ahorraba tiempo, me hacía sentir orgulloso de poder sortear todo aquello sin mayor problema y me otorgaba una gran oportunidad para enfocarme en lo que sí tenía que resolver.

Esa sensación de ligereza la empecé a aplicar en mi vida. Opté por la ropa necesaria, los utensilios de cocina necesarios…digamos, vivir con lo básico. Así, el tiempo para vestirme en las mañanas disminuyó y dejó de ser un «¿qué me pongo?».Solo había las opciones necesarias, y con menos ropa se hizo más fácil planear la semana. Así también la comida y el arreglar la casa: menos cosas, más libertad emocional, más orden y menos preocupaciones. Por otro lado, me sentí más creativo y más productivo, el tiempo rendía más y con eso me di cuenta de que la mente también necesita orden. Dejé de resolver problemas que solo existían en mi imaginación, dejé de pensar en las cosas que podrían suceder y me enfoqué en hacer que sucedieran como yo deseaba.

Con el tiempo me di cuenta de que, al igual que la maleta, vamos llenando nuestra vida de cosas del «por si se mancha,por si se rompe», convirtiendo la mente en un clóset de pensamientos del ¡por sí!: por si me corren, por si me dejan, por si llego tarde, por si encuentro tráfico, etc., etc., etc. Y cuando realmente pasan esas cosas, en la mayoría de los casos todo lo que guardaste y estuviste cargando para hacerle frente no sirvió, y tuviste que resolverlo con las herramientas que tenías o conseguiste en el momento. Cargamos mucho esperando utilizarlo algún día y casi nunca lo hacemos.

Creo que, en muchos de los casos, nos enfocamos en cargar con las cosas que sentimos que nos protegen y dejamos de vivir lo que nos regala vida. Planeamos para que todo salga perfecto —lo cual es correcto—, pero pocas veces nos preparamos para aceptar y disfrutar lo que no lo es y que simplemente se convierte en una aventura.

Cierre de la bitácora del capitán. Noviembre 5, 2026.

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